viernes, 22 de octubre de 2010

¡Viva la Zulianidad!

ENSAYO
Puerto Ordaz, Febrero 05 de 2002



Hace unos pocos días, mientras tomaba café con Domingo López (Viejo Murciano y viejo amigo) en una de esas cafeterías siempre abarrotadas del C. C. Altavista, sorpresivamente, éste me preguntó (digo sorpresivamente, porque llevábamos como dos horas hablando mal de Hugo Chávez y su gobierno) que si yo, como típico maracucho, (hay maracuchos atípicos también, le recalqué) podría explicarle que era eso de "La Zulianidad". En diciembre pasado había escuchado una gaita que en su estribillo o en alguna parte decía: "Viva la Zulianidad"; pues que si eso era lo mismo que "el saladillo", "el puente" y "la chinita", pero todo junto... Yo le dije que sí, solo para dar por terminada la interrupción y proseguir con el tema anterior, más apasionante. Una hora después, dos cafés después, pagamos y nos despedimos.

Ahora, ya solo y recordando el asunto sobre "La Zulianidad". Decía mi maestra Rosa Mavárez de cuarto grado que "la zulianidad" era como un guarapo dulzón. Francisca María (mi madre), que eso debe ser como un bocachico con plátano asado y queso rallado. Yo pienso que es algo más complejo. Como un pote grande lleno de costumbres únicas y querencias, que por su rara naturaleza, no es muy comestible para el ajeno, no es comprensible sino a los hijos íntimos de aquella tierra.

El recientemente fallecido poeta marabino Hesnor Rivera nos dejó en su poema "Señas de identidad" (1976) lo siguiente:

Nacer en Maracaibo significa
que uno anda casi siempre
-no se sabe de que sitio-
muy lejos.


Yo pienso que nacer zuliano es andar eternamente con ese sopor lacustre encima, como con un chubasco de nostalgias a cuestas y como saltando feliz entre los tramos de la añoranza; todo eso, extrañamente domesticado. Si éstas frases anteriores tienen alguna connotación poética para ud. y si entiende que con elementos del lenguaje bordeados de ese tipo de pasión; podrá advertir un sentido vivencial, social, humano, dialéctico y estético en lo que comúnmente llamamos "el sentimiento zuliano". Recordemos en este punto que por coordenadas afectivas, que no vienen al caso, a todos los zulianos nos llaman "maracuchos". Pero lo que nos identifica y distingue como grupo humano son los signos indudables de "la zulianidad".

-Hay mucho espacio para tristear aquí en Maracaibo.- Decía Ángel Domingo, (mi padre) cuando salía a caminar. Pero ésta entrega va a terminar dedicada a las expresiones más sublimes de "la zulianidad", lo que llamamos nuestra peculiaridad semántica al hablar.

Vean. No hay nada que recree mejor el alma del zuliano en un momento que pasearse vivaz por el terminal de pasajeros, la Plaza Baralt o el mercado de las pulgas de Maracaibo; o por el Centro Cívico de Cabimas. Siempre atento a la interacción social, a esa fuerza gramatizada de adjetivos, frases y apodos geniales. Todo en un entorno deliciosamente apabullante de vapor, color y olores que se conjugan en perfecta armonía con una mezcolanza de bulla, irreverente y visceral.

Así somos, únicos en el entorno universal. Los más exagerados. Afirmamos para negar: sí, como no... Negamos para afirmar: Nooo!  Somos vulgares y chillones en la conversa simple y en la disputa, pero que vehemente y que sincero es el cordón entre la palabra y el sentir.

Decía el profesor Arriechi: -Los maracuchos hacemos del idioma, como nadie, el traje coloquial de nuestra aventura diaria. Andamos por allí sin licencia lexical. No respetamos samáfaros académicos . Nuestra oralidad es una avalancha de aprontes y connotaciones raras. Destortillamos la síntesis. Violamos etimologías. Y todo eso lo hacemos con la firme y garantizada anuencia de que nos entendemos como simples y buenos cristianos...

-¿Qué haceis, primo?
-En la inciforia. Vos sabeis... Rescatando la añoranza saladillera.
-¡Ve qué molleja!
-Pa' que lo sepais...

miércoles, 24 de marzo de 2010

El Sior





Aquella tarde ganaron Los Tigres de Aragua dos carreras por una. Al finalizar el juego, ya nosotros íbamos a bordo del Ruta Seis con destino a Las Playitas, para luego tomar el autobús de Sabaneta. Haciendo sus piruetas y con toda su emoción expuesta, Bolín Mingori, no dejaba de preguntarme: -¿Qué había pasado con ese doble play del octavo inning?, ¿Por qué todo fue tan rápido?, ¿Tan extraño, no?

-¡Qué Molleja Val! -Decía- ¿Decíme vos?, ¿Vos que lo viste, ah? Los Tigres esperaban el robo del Home o un squeeze play, o bateo y corrido... En los pichéos anteriores al batazo de Grieve, Concepción se corrió siempre hacia tercera base. ¿Véis?, ¿Decíme vos?, y con ese pichéo fue igual... Porque yo lo ví, yo estaba allí, casi encima de Tercera Base... ¿Decíme vos?, ¡Dan el leñazo por Segunda Base y ajá! Allí también estaba Concepción. ¿Val, vos viste ese double play..? Me miró y luego sentenció con ojos fotografiados: Qué molleja de jugada...

Pero... ¿Cómo explicar a Bolín Mingori lo que yo sabía? Que el Béisbol es mágico. Que es en realidad un juego inventado por antiguos dioses. Que cuando los mortales lo practican, hay entes superiores que intervienen caprichosamente. Que cada jugador es muy especial, pero que nadie está más cerca de Dios que un Sior. ¿Cómo explicar lo de la vertiente espiral? Esa herramienta utilizada por Ángeles para doblar el tiempo, tiempo que en realidad no existe o no importa, en Béisbol.

Ciertamente y a partir de esa tarde, Bolín Mingori desapareció. Pero volvió otro Bolín, uno que jugaba al Sior con un número trece estampado en la espalda... En la Urbanización Urdaneta de Maracaibo, nunca hubo un mejor Sior al rebote corto, para un doble play ni lanzando desde el aire a primera base...

sábado, 28 de noviembre de 2009

Atenea se presenta caprichosa.

Me despertó el olor de las fritangas. Quien cocinaba y gritaba era; sin duda mi abuela. Miré el reloj sobre mi mesa nueva. Siete y treinta y nueve. Mientras revisaba en mi mente las tareas del nuevo día, fijé la mirada en mi afiche de George Brett, que semanas antes obtuve como obsequio de la revista "Sport Gráfico". Era una fotografía de su año de novato con el uniforme del equipo Royals de Kansas City. Tenía la leyenda: "Brett, en el ojo de huracán". Era simplemente inspirador.


Desayuné y me puse mis mejores galas deportivas. Después de todo, esperaba que el sorteo nos favoreciera. Era el partido más importante. Allí estaría todo el mundo. Mientras; aguardaba por mis compañeros Luigi Antonelli y "El conejo" Villasmil, quienes vendrían como a las diez para irnos juntos al estadio "El Vivero", donde se efectuaría la ceremonia de inauguración y el primer encuentro del IV Torneo de Béisbol intersecciones del Liceo Coquivacoa. Luigi era nuestro jardinero derecho y tenía sus propias teorías sobre el juego de béisbol. Una era; que si el lanzador era zurdo y muy veloz (como era el caso de nuestro Praxíteles Pirela), él prefería jugar en zona foul, aunque fuese ilegal. En un juego amistoso de preparación, dos días antes, contra Quinto de Humanidades; Luigi realizó, aplicando su teoría, cuatro outs en zona foul y solo uno en zona fair. "El Conejo" Villasmil, ese si que era un fenómeno como jugador de béisbol. Primer bate natural. Rápido y astuto en las bases. Se movía tanto y hacía tanta bulla como bateador al home plate, que lograba embasarse, en la mitad de las veces por boleto. La otra mitad de las veces lo ponchaban. Era nuestro receptor estrella y jamás nadie lo vió abanicar un lanzamiento. Llegaron. Nos fuimos juntos. La mañana alegre y luminosa era auspicio de cosas buenas...


Era casi la hora en que el juez se levanta en el ágora, cuando llegamos. El ambiente era una fiesta de béisbol. La algarabía, la música y los disparates de cada quien. Luego, todos ordenados por secciones. Cantámos el Himno Nacional. Frente a mi, de espaldas, Luisa María, nuestra madrina. Todo en ella era azul aquella mañana. Hasta el aire alrededor se ufanaba. Intentando ser escuchado solo por ella , musitaba yo, bien bajito, la danza zuliana "Luisa", de mi tío, el compositor Alfonso Huerta Bracho. Su pelo suelto al aire jugaba, intensamente con mis ansias juveniles. Sus blancas pantorrillas evocaban de mi alma, pretensiones exactas...


El sorteo favoreció a las dos secciones más fuertes: Quinto de Humanidades y Quinto de Ciencias H. Como reina del torneo, resultó electa Alejandra Bohórquez, sobrina de la directora. Me sentí perdedor. Luisa y Elena conversaban alegres, de cosas ajenas a toda aquella tragedia. Mientras que invitados, profesores y estudiantes se retiraban o buscaban lugar en las tribunas para presenciar el encuentro; yo quería irme, pero estaba atado a Luisa, a su eterna indiferencia...


Se sentaron y continuaron hablando de sus cosas, pero atentas al juego. Me coloqué detrás de ellas. Solo pensaba en mirarlas. Como un autómata; de vez en cuando me golpeaba las rodillas con mi guante. En total desamparo; allí estaba yo: respirando, amando, derruido, como aplastado por el peso de mis propias ilusiones. De repente: Un choque violento y dulce. Pelota contra bate. Levante la mirada al campo. Como una raya blanca dibujada en el aire, volaba una pelota a terrenos de nadie. Al campo estaba Quinto de Humanidades. El día se hizo más claro. La única posibilidad de atraparla la tenía "el sior" Telémaco Boscán, pero la trayectoria de la pelota lo sobraba. Levantadas. Al unísono. Como si fuese una plegaria. Luisa y Elena, apretando sus puños exclamaron:


-Dios, que la atrape. ¡Dios que la atrape!


Eso bastó. El universo vectorial conspiró y se detuvo. El tiempo se transformó en vertiente espiral. Las escenas giraban en torno y se repetían cada momento racional; es decir: cada dos coma dos segundos vectoriales frente a mi, como en cámara lenta. Así veía el campo y la acción del juego, a través de los cuerpos transparentes y escarchados de Luisa y de Elena, quienes ya flotaban en el aire, como ángeles o náyades. Como en un éxtasis divino, de los ojos de Elena y en fulgor indescriptible, brotaron millones de luciérnagas en verdes ráfagas. Éstas se dirigieron a la pelota en el aire, la envolvieron, y desviaron su trayectoria a capricho de Elena. De Luisa, mi hermosísima tritogenia, fueron luciérnagas azules, muy azules que volaron hasta Telémaco, lo envolvieron mágicamente, lo levantaron más de dos metros sobre el terreno y lo ubicaron en la trayectoria justa de las ansias de Elena. Fue un solo estruendo. Una jugada perfecta. El universo retornaba a su esencia vectorial. Era el último out de la novena entrada. Ganó Quinto de Humanidades cinco carreras por tres...

jueves, 23 de abril de 2009

Los Odiseos








Ya estaba decidido. Después de tantas discusiones nuestro equipo ya estaba conformado. Luego discutimos un poco sobre quien debería ser nuestra madrina, pero eso ya estaba decidido. Abordando esa zona celeste que era acercarse a Luisa, en voz baja y casi trémula, respirando de lo de ella, le di la noticia. No asomó sorpresa. Solo sonreía y al hacerlo, era perfecta. Su mirada sin vínculos. Mientras yo le hablaba de horas y lugares, ella apenas parecía escuchar. Asintió con ese ademán aprendido a lo largo de ser tan bella, dio media vuelta y se marchó, balanceante y casi aérea. Respiré hondo. ¡Dios! Qué desamparo el de los sentidos... Respiré más hondo y regresé al grupo para comunicarles que por instrucciones de la Profesora Cuevas, la madrina de nuestro equipo de béisbol, Cuarto de Ciencias C, era Luisa María Montiel. Cambiamos de tema. Afinamos las ideas para el desfile y nos despedimos.

Camino a casa; Hexeario, mi amigo de Cuarto de Ciencias B, me daba detalles de las debilidades de su equipo y además; confirmó mi sospecha. La madrina electa de su sección resultó ser Elena. Más adelante doblamos por calles diferentes. La luz se iba tornando azarosa y derramó amarillenta. Una nostalgia muy permeable comenzaba a enfrentarme y a desnudarme. Era la hora y su forma de cobrar. Levanté la mirada en dirección a mi casa, ésta iba surgiendo como un punto al cruzar la plaza. Once veredas de distancia. Pensaba en Elena y en sus ojos verdes como almendrones. Abuela Benita debería llegar esa tarde desde Santa Bárbara, con mi encomienda de arepas de coco y dulces de guayaba. -¿Estaría ya en casa?- Apuré el paso...

Vicepresidente del Centro de Estudiantes, delegado de curso y Presidente de los Clubes de Literatura y Geografía. El más popular y con crédito en la cantina. Dueño de un guante y de un mascotín. Primera base y capitán del equipo, pero jamás nada de la madrina. La historia y la casualidad nunca andan en lo plano y por eso suelen extraviarse, para poder repetirse a sí mismas. Recordé que hacía un año fue idéntico. Usé mis mejores trámites y artificios para que Luz Elena Bustamante fuese electa madrina y para que su pupitre estuviese todo el año junto al mío. Sólo la decisión superior y una estrategia política pudo separarme de ella. Siete veredas paralelas...

Cuántas ansias extraviadas... Apenas hacía un año que Elena era mi lápiz. Llenaba mis cuadernos y mis libros de tercer año. Su nombre era mi calcomanía. Cada noche en mi programación radial favorita, era mi cita con ella para soñarla en canciones. Para siempre, su décimoquinto cumpleaños quedó atado a la letra de la canción: "Tu Alma Golondrina", de Jairo. Hacía un año que fue Enero y desde entonces ha sido Enero todo el año...

Cinco veredas transitadas. Ilusiones como franjas desconchadas por los patios del Liceo. Ella era como la luz de las seis de la tarde. Canela y clavito. Estambre y pistilo. Recuerdo y ahora olvido. La sombra del Guásimo aquel, derretida ya en el recuerdo de tantas frases, de tantas frases de amor nunca dichas. Aquellos: "Veinte poemas de amor" Nerudianos, de una vez y para siempre aprendidos de memoria, para la risa franca y los ojos verdes tardíos, ahora sí... Ya perdidos.

Los cujíes y los pericos me aguardaban como siempre. Mientras mi atención se iba deslizando por las paredes externas, esperando oir la clave, vi el Ford Cortina de mi tío Blas al fondo del garaje. De pronto. La explosión de risas fue a través de las ventanas. Salté al patio por sobre la pared del garaje y sigiloso me acerqué. El capot aún estaba caliente. Los pericos comían mudos y solo me miraban. Desde adentro bramaban carcajadas y gritos seguidos de la hablachentería oportuna. Atravesé patio y corredor hasta llegar a la cocina y la vi. Nadie notó mi presencia mientras me acercaba. Era imponente su estampa. El mismo pañuelo azul de siempre, gentilmente recogía su pelo. Su bata curtida y ancha. Su olor a hierbas ya inundaba la casa.

-Ajá, ajá...- Era mi grito de guerra. Se volvio hacia mi. Me abrazó. Sus abrazos dolían. Finalmente frente a mi, esos ojos goajiros de lechuza redundante. Esa mirada de pozo profundo y sus labios buscando mi piel en tierno afán, en loca ternura, para premiarla.

Qué bien se veía ella entre nosotros... De tanto transcurrir la noche con olor a yerbabuena, nos sorprendió convertida en madrugada, entre bostezos y dulce de guayaba. Y más allá de sus historias de pueblos de agua, río Escalante arriba, chubasco arriba, mi memoria arriba bamboleándose al marullo, como en un mar de luciérnagas encantadas...

jueves, 16 de abril de 2009

Hermes, El mensajero


Memphis la nueva,
la bella
en su río
escurríendose hacia el sur...


Sin duda que la ciudad de Memphis de mediados de los años setenta, era un poco diferente a la ciudad de mediados de los años cincuenta. Como un lunar a ambos lados del Mississippi, allí donde limitan tres estados, la ciudad creció siendo basicamente, un centro de acopio de algodón y cruce importante de vías férreas. Sin embargo; Memphis siempre fue y será: Dixieland, Dixie Chicken y Tennessee lamb. Era en el lobby del Commodore Hotel donde el Jazz y el Blues dejaban la crisálidad para siempre y volaban como el agua destartalada.

En Memphis vi nevar por primera vez y allí construí durante un día de navidad mi primer muñeco de nieve. Conocí a Karen en Memphis (la mujer de Tulsa, Oklahoma, y a quien más he escrito cosas). Fue allí y con ella con quien hice el amor por primera vez, un quince de noviembre, a las tres de una tarde muy fría y extraña, en que dolían las orejas. Fue en el ardiente desierto que era el asiento trasero de su Le Mans verde, convertible, modelo sesenta y cuatro y rodeados de un espeso bosque astillado. Allí mismo, mi soledad extranjera y yo la perdimos. Fue en Memphis, un tres de Enero y bajo una nevada absoluta, que le pedí a otra mujer que fuese mi esposa. Cerca de Memphis nos casamos.

Aquel entonces... Mediaba la primavera. Era un tarde ideal para jugar béisbol. Mientras esperaba prevenido como bateador, la nostalgia en ecos lo transportaba a su Maracaibo natal. No se había sentido así desde su llegada hacía apenas tres meses. Pensaba en su tío Ernesto y en los muchachos de su equipo Gavilanes. El viejo Estadio del Lago. Aquel dieciocho de Noviembre. Sonreía. Su casa en Santa Lucía. La placita. Sonreía. Las caimaneras de los domingos. Lo hizo reaccionar un trueno, una línea tendida a los predios del jardín central. El poco público asistente aplaudía a rabiar a su compañero del Memphis AA, John Castorina, quien conectaba su tercer inatrapable de la tarde.

Ya posicionado como bateador, dio un vistazo al campocorto del Charleston, el flaco Tony Kubek, quien en el turno anterior lo había hecho fallar, atrapándole un roletazo en la grama exterior y, en excelente y fuerte disparo a primera lo había puesto out. Bueno, en realidad él se había confiado un poco en la carrera y había cometido ese error mental. Pero Kubek era muy inteligente al campo y fuerte bateador. Un día ese flaco va a jugar en las mayores -pensaba-.

Come on Louie. Hit it hard. Hit it hard, boy!

Era su coach de tercera base, Luke Appling, señalándole que bateara la pelota detrás del corredor. Era lógico. Perdían cuatro carreras por tres. Poner a Castorina en segunda base, significaba poner la carrera del empate en posición anotadora. Pero su intención era diferente. Quería probar de nuevo a Kubek, así que, halaría la bola entre tercera y sior. Vio pasar el primer lanzamiento. Fue un strike, un poco alto. Mientras se concentraba para el segundo lanzamiento, recordó lo que en inglés y castellano, Ken Balladares, asistente del manager, le informó durante las practicas. Querían verlo en las oficinas administrativas del club, al finalizar el partido. Era una recta dura por todo el medio del home plate. Devolvió una línea bien colocada a la derecha de Kubek que, éste apenas logró tocar con el guante, y desviar al terreno corto del jardín izquierdo. Castorina, quien había salido en jugada de bateo y corrido, anclaba quieto en tercera base. Este era su primer inatrapable de la tarde. El público lo aupaba. Ya estaba decidido. Algo en la brisa suave lo aupaba. Con el próximo lanzamiento, estafaría su base número quince. Era él, el líder absoluto de la liga del sur...

domingo, 8 de marzo de 2009

Hermes... Bajo el cielo se dibuja









La luna llena se levantaba sobre los campos, y a veces se dejaba "fildear" por la ventanilla. El Greyhound había partido desde Memphis a las siete y treinta y nueve de la noche. Unos pasajeros negros, sentados al fondo, entonaban canciones melodiosas, cuyas letras no entendía. Otros musitaban ritmos cadenciosos, que sentía le tocaban la piel. No le había sorprendido la noticia, por cuarta semana consecutiva, la revista "Baseball Weekly" lo galardonaba a él, como el mejor prospecto en la organización de los Medias Blancas de Chicago. El autocar se detendría en Saint Louis, Missouri, en pocos minutos. Castorina había nacido allí. "La puerta para la conquista del oeste norteamericano", -se jactaba aquel. ¡"Gran vaina"! -pensaba. Tenia sueño, pero debería bajar y comer algo. Apoyó la cabeza en su guante. Recordaba que había conocido a Elvis el sábado anterior. Sonreía. ¡Ese tipo era eléctrico! Simplemente genial y siempre estaba...

Despuntaba el alba prístina cuando despertó. Sin duda, esa fisonomía de ciudad ante sus ojos era Chicago, la eterna ciudad de los vientos. Revisó la información que traía. Esa misma noche vestiría un uniforme de grande liga. Estaría en la cueva home club y quizás debutaría -con suerte- como campocorto en el Comiskey Park. Entrando por el sur de la ciudad, observó a su derecha al majestuoso Lago Michigan. Otro lago aún recorría su niñez. Recordó entonces a su tío Ernesto cuando lo despedía en el aeropuerto Grano de Oro de Maracaibo.

Luis...-le dijo- La vida, es como ser invitado a una fiesta, donde romperán una hermosa y gran piñata, y donde nadie sabe lo que le toca, hasta que lo atrapa. Si tú vas a atrapar pelotas de Béisbol en los Estados Unidos como lo has hecho acá... ¡No tengo dudas mijo! Serás el mejor del mundo...

Era 17 de abril de mil novecientos cincuenta y seis. El Greyhound recorría Lakeview hasta su Terminal. Su reloj marcaba las siete y treinta y nueve. En el horizonte, Hermes el mensajero argifonte, cruzaba su distancia, como presagio de cosas buenas. Lo demás es historia. Historia viva que está escrita en páginas doradas. Atrapada en los momentos más gloriosos, del deporte más antiguo del universo: El Béisbol.

martes, 3 de marzo de 2009

El andar de los Odiseos




Era domingo. En el parque Luis Aparicio "El Grande" de Maracaibo, el sol, como siempre, imponía sus candelas cotidianas. Sobre el dugout de la izquierda, Bolín Mingori y yo, transmisor pegado a la oreja, éramos presencia obligada cada vez que los Tigres de Aragua  jugaban en Maracaibo. Nunca me pregunté cómo ni cuándo nació en mi ser fanático del equipo Tigres de Aragua; pero esa preferencia si que nos valió muchas veces salir del parque humillados, con las camisas rotas o bañados en cerveza y de otros extraños lìquidos. Una vez a Bolín Mingori le rompieron la cabeza y nos llevaron a golpes y empujones, desde los laterales de tercera base, hasta la salida, por los lados de Maicaíto. Como medida preventiva, habíamos acordado evitar cualquier celebración efusiva y retirarnos del parque al terminar la octava entrada, sin importar el score del partido.

-Presenta la bola el pícher. Levanta los brazos. Ahí vieeene la bola... (pausa). Bola altísima y es la cuarta mala. Y Faustino va caminandito a primera, suavecito con Calzados Rex. Calzados Rex siempre cómodos a sus pies... Va a conversar el receptor y capitán Billings con el pìcher Johnson y discuten las señas, mientras se acerca al cajón de los bateadores, el sexto en el orden al bate y center fielder, Joel Youngblood. Youngblood lleva de dos uno. Negoció boleto en el segundo. Murió del uno al tres, pícher a primera en el cuarto y dio infield hit para llenar las bases en el quinto, un rolling movido que no pudo manejar Spósito, el tercera base aguilucho...


Ya comenzaba la lluvia de liquidos y de objetos sobre nosotros, desde la parte más alta de la tribuna. Era tiempo de recoger los macundales y organizar la retirada honrosa del parque. Wilcox estaba intraficable. Venía de blanquear a Cardenales en Barquisimeto y era el mejor lanzador del torneo. Mientras observaba a Wilcox en el pitching box vino a mi memoria Steve Mingori, aquel relevista zurdo que lanzó con Cleveland y luego con Kansas; y quien había sido una sensación con mi equipo Tigres de Aragua, dos temporadas antes. De allí venía la segunda parte del apodo de mi mejor amigo, Bolín Mingori. En nuestras caimaneras casi diarias, bien fuese con pelota de goma, de media, spalding o de cartón; Bolín tomaba la postura fisica exacta y semblanza del lanzador norteamericano. Fue así como se convirtió en el eterno lanzador de nuestro equipo de la calle tres, vereda treinta y seis de la Urbanización Urdaneta.

-Ahí vieeene la bola... (pausa) Y Billings está conectando una líneeea... De hit al jardín derecho... Recoge la bola Nelson Torres y devuelve rápido la pelota al cuadro. Richard Arlin Billings está en primera base con la eventual carrera del empate... ¡Sin outs! Hay calor. Hay emoción en las tribunas... Zulia coloca la del empate en primera base y la de irse arriba llega al home plate en las piernas de Walter "no neck" Williams, center fielder y quinto bate... Zulia. Zulia. Zulia es la mejor cerveza... Recuerde: ¡Agarre el águila por el pico y tómese una bien fría! Garret se acerca desde tercera base y dice algo a Wilcox. Sale Raúl Ortega desde la cueva a conversar con Wilcox y con Faustino... A calentar el criollo Simón Barreto en el bull pen de la izquierda por Los Tigres. Todo el público de pie... ¡Metiendo bulla!

A estas alturas, Bolín Mingori y yo, que ya nos retirábamos empapados, nos detuvimos en una de las salidas.

-...Y Williams está dando un batazo largo... ¡Muy largo! En dirección al left-center... La bola levantando y levantando...¡Parece que va a ser un jonrón! Efectivamen... ¡No!, ¡Choca la bola contra la barda! Va Williams de primera para segunda... ¡Muy lento Billings! Lo detienen en tercera. Lanza Bevacqua la bola de regreso al cuadro. ¡Doblete el batazo! Las Águilas colocan hombres en tercera y segunda... ¡Sin outs! Y le corresponde el turno a Gustavo Spòsito, tercera base. El público de pie, se mete con Enos Cabell, quien está retirando objetos cerca del área de la primera base. Para los comerciales: El Ventarrón.

Bolín Mingori y yo, nos miramos incrédulos con lo que pasaba en el terreno de juego. Dieron boleto intencional a Spósito para llenar las bases. Colocaron a Juan Quiróz, pitcher derecho y abridor de Águilas como corredor emergente por Billings en tercera. El zurdo Stanhouse comenzaba a calentar su brazo por Las Águilas y Milt Wilcox, con más de ciento diez lanzamientos efectuados se enfrentaba al sior aguilucho Toby Harrah, con las bases llenas y sin outs. Lo ponchó en cuenta de tres y dos, sin tirarle a una curva descolgada, en la esquina lejana del home plate. Todo era silencio. Luego enfrentaría a Tom Grieve, quien bateaba como emergente por Nelson Castellanos. Grieve venía recuperándose de una lesión en su pie izquierdo.

-Fanáticos al béisbol. Mañana descansamos, pero estaremos juntos de nuevo martes y miércoles, desde Valencia y contra Magallanes. El circuito radial de Las Àguilas del Zulia, comenzará la transmisión para estos partidos, a partir de las siete... Nos llega el "Café Imperial", calidad comprobada en la taza... Por cortesía de... Y qué sabrosos son los helados "Tìo Rico"... (risas) ¡Dígalo ahí Ventarrón! Y al finalizar este encuentro... "El décimo inning" con las entrevistas y los comentarios finales del juego en la voz de... Luis Verde. Prepara la bola el derecho Wilcox. Mira al corredor de tercera base... Saca el pie... Vuelve al cajón... Busca la seña. Dice que si... Levanta los brazos... Ahí vieeene la bola... (pausa). ¡Va una línea durísima! De hit sobre la segunda ba... ¡No! Paró la bola Concepción en tremenda zambullida... ¡Increíble!, ¡Apoteósico! Tumbó la bola con el guante... De rodillas, tocó la segunda base con la bola en su mano sin guante... Y dobló a Grieve en primera con un tiro perfecto... La gente en el parque no puede creer, lo que ha hecho esta tarde, aquí, este muchacho prospécto de los Rojos de Cincinnati. ¡Es increíble! ¡Lo hizo todo! Y miren que yo he visto y narrado partidos de béisbol... Pensaba que lo habìa visto todo. Así se va el octavo inning para Las Águilas: un hit, un doblete, un boleto intencional, un ponche, un doble play espectacular, sin carreras, dos quedaron en bases... Para el comentario... Luìs Verde.